Desde pequeña he tenido peces en casa. Pero no el típico acuario en plan bola de cristal con una pez de colores, no. Un señor acuario, de 120 litros de capacidad, de agua caliente y con varias especies dentro.
Los peces tienen su encanto: no rompen nada, no necesitan ser paseados, su comida es barata, no conocen al señor veterinario, no les tienes que educar y, aunque suene cruel, no te da mucha pena cuando uno se muere. Por contra, no te proporcionan más que unos segundos de diversión cuando descubres que pasando la mano por el cristal todos se mueven a la vez. Eso es todo. Hay que limpiar filtros, vigilar niveles de diversos valores en el agua (nitritos, PH...), ir rellenando con agua, vigilar la superpoblación, la temperatura... Y no proporcionan gran cosa más allá de decoración y pequeños momentos en los que te quedas mirando el acuario con la mirada perdida.
Llegaba el día de San Antón y la mayoría de los niños y niñas de mi clase llevaban un perro, un gato, un pájaro o una tortuga. Algunos requieren más cuidado que otros, algunos proporcionan más compañía que otros, pero con todos ellos se puede interactuar: les puedes tocar, coger, mover... y por supuesto jugar con ellos en mayor o menor medida. Pero un pez... pues no. Así que no tenía interés en llevar un pez ese día al colegio, claro. Y aunque hubiera querido tampoco hubiera podido porque al ser de agua caliente pues no se les podía sacar de casa.
Empecé a pedir un perro en casa. La respuesta fue inmediata: "Tu padre tiene alergia". Por supuesto, era mentira; era la forma más fácil de salir del paso. Pasó el tiempo y supe que mi padre no tenía alergia ni a perros ni a gatos. Volví a pedir el perro y en ese caso la respuesta al menos fue elaborada: "¿Vas a sacarlo a pasear 3 veces al día? ¿Aunque llueva? ¿Aunque tengas que ir a las 6 de la mañana? ¿Vas a estar pendiente de su comida? ¿Sabes que gastos conlleva? ¿Y la cantidad de pelo que suelta?". Me hundí en la miseria hasta que tuve una feliz idea. Pedí un gato. Un gato requiere menos cuidados que un perro por ser más independientes y no requerir paseos. Pero los gastos eran los mismos y a la retaíla que me soltaron al pedir el perro se añadió: "¿Y si rompe las cortinas? ¿Y si araña los muebles? ¿Y si muerde a tu hermana?".
Lo asumí, era imposible meter un bicho peludo en casa de mis padres. A mi madre no le gustan, le dan "miedo". Mi padre no quiere la responsabilidad ni los gastos de una mascota más allá de los peces. Estaba claro, el día que me independizará tendría un gato.
Y el día llegó y me independicé y... no tuve gato. Conté con los gastos que me ocasionaría y lo podía asumir, pero no contaba con que mi casera, que además es mi cuñada, se negaría en rotundo a permitirme meter un gato. El día llegaría, pero no era ese el momento.
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